Un niño diferente
Empezó a ir al jardín de infantes, y
allí surgieron algunos problemas, pues a Ayan no le gustaba mucho seguir
reglas. Todo lo tomaba como diversión, incluso, cuando los adultos se enfadaban
o lo castigaban, para él era todo muy gracioso. Las maestras siempre la
llamaban a la mamá para contarle las cosas insólitas y descabelladas que su
hijo hacía. Mientras que los otros niños de su edad elegían figuras de
animalitos, como tortuguitas, caballitos y perritos, o elegían avioncitos,
autitos y barquitos para identificar sus materiales escolares, Ayan, con sus 4
o 5 años, tenía en sus cuadernos y mochilas figuras de cerebros humanos y
estaciones petrolíferas. Cierta vez, en una de las clases, la maestra les contó
un cuento de una rosa muy roja que había en una piedra y que un extraño
animalito vino nadando y se la llevó. La maestra les pidió a los niños que
hicieran un dibujo de esa historia, y Ayan dibujó una piedra. Cuando la maestra
le cuestionó por qué no dibujaba a la flor y al extraño animalito, este le
respondió que de qué manera podría hacerlo si apenas había quedado la piedra en
el lugar, la rosa y el animalito ya no estaban. Y a Ayan le gustaba mucho dibujar,
era una de sus aficiones favoritas, además tenía mucha habilidad con el lápiz. Sin
embargo, sus dibujos no impresionaban tanto por su capacidad de ilustrar a tan
poca edad cosas de la realidad, lo que más impresionaba era la temática, pues
siempre hacía dibujos trágicos, con accidentes automovilísticos, gente
ensangrentada y en pedazos. O a veces dibujaba personas cayendo de edificios, después
de que hayan sido bombardeadas por tanques de guerra.
Ayan entró a la primaria y fue en ese
momento que su madre se dio cuenta de que tendría que dedicarse mucho para que
su hijo pudiera ir avanzando de año y no repitiera. Estaba claro que a su hijo no
le gustaba estudiar y siempre oía sus reproches diciendo que no necesitaba
aprender matemáticas, pues de nada le serviría saber cuánto era dos más dos. Cierta
vez, la maestra les pidió que eligieran un cuento y que hicieran un resumen sobre
este. Ayan, sin ganas de hacer la tarea, pero resignado porque no le quedaba
otra salida a no ser hacerla, eligió con mucha pereza y sin ningún interés “Caperucita
roja”. Con aquello que no le llamaba ni un poco la atención, su tendencia era a
ser lo más práctico posible para que no le tomara el tiempo que él creía que
era desperdiciado. Su madre, que intentaba siempre acompañarlo y ayudarlo,
empezó a leer el resumen del cuento: “Había una vez una niña que se llamaba
caperucita roja y fue a llevarle algunos dulces a su abuela que estaba enferma”.
En ese momento, la mamá le explicó a su hijo que al hacer un resumen tenía que explicar
de forma breve la idea principal de la historia, para eso no era necesario
decir que eran “algunos dulces”, apenas “dulces” ya era suficiente. Ayan,
reboleó los ojos y le respondió: - mamá, si la abuela está enferma no puede comer
dulces, por eso que son solo algunos dulces. Su mamá no supo que responderle.
Ayan creció, se hizo adolescente, y un cierto
día empezó a observar a su hermana que estaba viendo los dibujitos animados. Al
cabo de un rato le dice a su madre: -que dibujo para estúpidos, la niña dice
que va a hacer alguna cosa y hay un locutor que dice lo que la niña hace.
Amancay, que tenía unos 5 años, lo mira y le dice: - Ayan, y si la persona que
está viendo los dibujitos no puede ver, si es ciega el hombre le dice lo que
está pasando. Y fue en ese momento que la mamá comprendió que Ayan había
cambiado, ya no armaba más rompecabezas y ni dibujaba, pero sabía todas las fórmulas
físicas y matemáticas. El mundo lo había transformado, y ahora ya no era diferente,
ya era como todos los otros.
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