Un niño diferente

 


          Desde el día en que nació, todos en la familia se dieron cuenta que Ayan no era un niño como los otros, su físico de gran tamaño sorprendía a la familia, y su incansable llanto dejaban a todos de mal humor. A medida que iba creciendo se observaba que desarrollaba comportamientos que dejaban a su madre histérica, pues no había forma de que entendiera que ciertas cosas eran peligrosas y, por lo tanto, que no podía hacerlas. Como era muy alto, con pocos meses de edad ya alcanzaba los picaportes de la puerta para escapar gateando o intentaba ver que había de rico para comer en las ollas que estaban sobre el fogón. Era un niño que devoraba todo lo que veía e, incluso, siempre se lo pillaba encima de la mesa comiendo las frutas que había en la frutera o la torta para merendar que se estaba enfriando. Su madre buscaba diversas formas de mantenerlo un poco más quieto, y descubrió que a Ayan le gustaban mucho los rompecabezas. A sus 3 años se pasaba horas armando, desarmando y volviendo a armar los pocos que había en su casa. Era un niño muy gracioso y siempre que podía inventaba hacer algunas locuras que hacían reír mucho a sus hermanos y dejaba a su madre con los pelos de punta, era el payaso de la familia.

         Empezó a ir al jardín de infantes, y allí surgieron algunos problemas, pues a Ayan no le gustaba mucho seguir reglas. Todo lo tomaba como diversión, incluso, cuando los adultos se enfadaban o lo castigaban, para él era todo muy gracioso. Las maestras siempre la llamaban a la mamá para contarle las cosas insólitas y descabelladas que su hijo hacía. Mientras que los otros niños de su edad elegían figuras de animalitos, como tortuguitas, caballitos y perritos, o elegían avioncitos, autitos y barquitos para identificar sus materiales escolares, Ayan, con sus 4 o 5 años, tenía en sus cuadernos y mochilas figuras de cerebros humanos y estaciones petrolíferas. Cierta vez, en una de las clases, la maestra les contó un cuento de una rosa muy roja que había en una piedra y que un extraño animalito vino nadando y se la llevó. La maestra les pidió a los niños que hicieran un dibujo de esa historia, y Ayan dibujó una piedra. Cuando la maestra le cuestionó por qué no dibujaba a la flor y al extraño animalito, este le respondió que de qué manera podría hacerlo si apenas había quedado la piedra en el lugar, la rosa y el animalito ya no estaban. Y a Ayan le gustaba mucho dibujar, era una de sus aficiones favoritas, además tenía mucha habilidad con el lápiz. Sin embargo, sus dibujos no impresionaban tanto por su capacidad de ilustrar a tan poca edad cosas de la realidad, lo que más impresionaba era la temática, pues siempre hacía dibujos trágicos, con accidentes automovilísticos, gente ensangrentada y en pedazos. O a veces dibujaba personas cayendo de edificios, después de que hayan sido bombardeadas por tanques de guerra.

         Ayan entró a la primaria y fue en ese momento que su madre se dio cuenta de que tendría que dedicarse mucho para que su hijo pudiera ir avanzando de año y no repitiera. Estaba claro que a su hijo no le gustaba estudiar y siempre oía sus reproches diciendo que no necesitaba aprender matemáticas, pues de nada le serviría saber cuánto era dos más dos. Cierta vez, la maestra les pidió que eligieran un cuento y que hicieran un resumen sobre este. Ayan, sin ganas de hacer la tarea, pero resignado porque no le quedaba otra salida a no ser hacerla, eligió con mucha pereza y sin ningún interés “Caperucita roja”. Con aquello que no le llamaba ni un poco la atención, su tendencia era a ser lo más práctico posible para que no le tomara el tiempo que él creía que era desperdiciado. Su madre, que intentaba siempre acompañarlo y ayudarlo, empezó a leer el resumen del cuento: “Había una vez una niña que se llamaba caperucita roja y fue a llevarle algunos dulces a su abuela que estaba enferma”. En ese momento, la mamá le explicó a su hijo que al hacer un resumen tenía que explicar de forma breve la idea principal de la historia, para eso no era necesario decir que eran “algunos dulces”, apenas “dulces” ya era suficiente. Ayan, reboleó los ojos y le respondió: - mamá, si la abuela está enferma no puede comer dulces, por eso que son solo algunos dulces. Su mamá no supo que responderle.

         Ayan creció, se hizo adolescente, y un cierto día empezó a observar a su hermana que estaba viendo los dibujitos animados. Al cabo de un rato le dice a su madre: -que dibujo para estúpidos, la niña dice que va a hacer alguna cosa y hay un locutor que dice lo que la niña hace. Amancay, que tenía unos 5 años, lo mira y le dice: - Ayan, y si la persona que está viendo los dibujitos no puede ver, si es ciega el hombre le dice lo que está pasando. Y fue en ese momento que la mamá comprendió que Ayan había cambiado, ya no armaba más rompecabezas y ni dibujaba, pero sabía todas las fórmulas físicas y matemáticas. El mundo lo había transformado, y ahora ya no era diferente, ya era como todos los otros.  

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