Manzanas sobre la mesa
Primer día de clase. Joaquín, Joaco, no quiso pedirle aventón a su mamá, se recusaba a llegar tan temprano a la escuela, quería quedarse más tiempo entre sus sábanas nuevas y, además, probarle que ya era capaz de tomar sus decisiones, pues este era su último año en la Escuela Mundial. ¡Pronto, la universidad y la vida adulta! A Angelina no le gustaba la idea de que su hijo, que, por casualidad era su peor alumno de Física también, llegara tarde a su primera clase en un año tan difícil, pero fue precisamente lo que pasó.
En la escuela todo le parecía igual que antes a Joaquín, pero ya había una sensación de despedida entre sus compañeras y compañeros. Su madre le echó una mirada cuando él adentró en la clase 306 atrasado, y Joaco, que no pudo seguir mirándola de frente, se detuvo en su pupitre. Física, obviamente, no era su asignatura preferida, a él no le importaban para nada las cuentas; prefería las artes, la literatura, la música, tocaba guitarra y estaba en el club de teatro de la escuela. Este año iban a presentar una versión mexicana de Otelo, que ya había leído y le había gustado muchísimo, quería ser el protagonista, mientras Rosa podría al fin sería su Desdémona.
Casi
al final de la clase sobre Einstein se dio cuenta de que no todo era igual.
Había algo distinto, alguien estaba muy excitado con la clase de su madre y le
contestaba todas las preguntas. Se trataba de Guillermo, un nuevo chico, recién
llegado de Sevilla, pelo rizado y ojos verdes a quien toda la gente ahí miraba,
así le parecía a Joaco. Guille era ese tipo de gente a quien todo el mundo mira y a todo el mundo le gusta, menos a Joaquín.
Los
días pasaban y Guille se convertía en uno de los más queridos en la escuela.
Más aún de la profesora de Física, su asignatura favorita, y de Rosa, la que
podría ser la Desdémona del Otelo de Joaco. La madre de Joaquín al fin tenía un
buen alumno en su clase, y las chicas alguien nuevo con quien hablar, muy
curiosas de su país, así que Joaco ya no era el más popular de la Mundial. Todo
el mundo tenía algo bueno que decir sobre Guille, que jugaba al fútbol los
lunes, frecuentaba la biblioteca, asistía a las clases extras de literatura los
miércoles y viernes, las de música y las del teatro siempre junto con Rosa, y
eso parecía molestarle a Joaquín.
“¿Cómo puede que le
guste la Física y el teatro a ese pinche p…?”
En
su casa, las cosas no eran muy distintas, pues su madre siempre se refería al
nuevo como un buen compañero para Joaco y le decía que lo invitara a casa, si
quería.
“La madre en casa y la
profesora en la prepa, las dos no se mezclan, ¿te acuerdas? ¡Y ese cabrón y sus
chingaderas no me caen!”
“Lo que tienes es
celos de Rosa, cariño. Se ve en tus ojos.” – decía la madre, convicta, a lo que
le contestaba su hijo con una mueca cualquiera. “¡No manches, mamá!”
Algunos días después,
tras empezar los ensayos de la obra, los dos chicos más apasionados por esa arte
en la escuela tuvieron que aprender a dividir el palco escénico, dividir la
atención de Rosa, ahora Desdémona, y las atenciones de la maestra de Teatro, a
quien Guille había encantado también con su aptitud natural por lo teatral, decía
ella. ¡Guille les había conquistado a toda la gente!, eso se veía desde lejos.
Pasado un tiempo,
mientras Joaquín ensayaba sobre la mesa del comedor su texto shakespereano, su
madre se acercó y le preguntó por los ensayos, las fechas de presentación, y al
fin lo que quería realmente saber: ¿Y Rosa?
“¿Y Rosa qué?”
Sigue la madre: “Los
celos de Rosa, ¿qué te parece, Joaco? El otro día te he visto mirándola mientras
ella charlaba con Guille” – hubo un tiempo aquí, y Joaquín no sabría precisar
cuántos segundos, pero parecía una eternidad a juzgar por su cara que nada
decía – “No te preocupes, cariño. Rosa y tú ya llevan juntos hace mucho tiempo,
desde niños… Además, a mí me gusta la idea de tenerla como nuerita”, dijo de
una vez la madre, de pronto, entre risas cómplices.
Sin parpadear, ni
cambiar su tono de voz, Joaquín agarró una de las manzanas que estaban sobre la
mesa y le miró a su mamá, angustiada, ansiosa y quizás emocionada por la
respuesta que una leve sonrisa sorprendida en el rostro de su hijo anunciaba. El
chico mordió la manzana rojo-viva sabrosa y le contestó:
“Rosa no es mi pareja,
no ha lo sido, luego no puede ser tu nuera, mamá, ¿qué dices?” – Una mordidita
más y siguió – “Guille, sí, es tu yerno.”
Joaquín, entonces, le
dio un beso en la mejilla y siguió a su habitación para ensayar un rato más el
papel de Otelo, mientras tanto Angelina recogía otra manzana que bailaba rumbo
al acantilado que representaba el fin de la mesa del comedor.
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